sábado, 8 de octubre de 2016

ELLOS, por LUCÍA CREMADES, 4º ESO A



-Buenos días. Usted es la mejor amiga de la señorita Chase, ¿no?
-Sí por supuesto- dije-, aunque me habría gustado más contestar con sarcasmo, pero no era el momento.
-Muy bien, pues si no le importa empezaremos con el interrogatorio. Cuéntenos todo lo que sepa a cerca de Annabeth Chase.
-Como si fuera tan fácil- murmuré, y como no sabía por dónde empezar, lo hice desde el principio.  
-Annabeth Chase, Annabeth Chase nació..., bueno no sabemos exactamente cuándo nació ya que su parto fue algo tan inusual, que ni siquiera nosotros podemos entenderlo. Pero pongamos que nació aproximadamente hace dieciséis años. En cuanto nació su madre se fue de su lado y le tocó a su padre criar a la niña. Al principio la relación con su padre era típica de película, solo ellos dos contra el mundo, con sus aventuras y locuras. Sin embargo, cuando Annie cumplió los seis años, su padre se volvió a casar con una mujer que ya tenía dos hijos.
Como Annabeth ya tenía edad suficiente su padre la envió al colegio, donde sobresalió obteniendo todo sobresalientes, todos los profesores decían que era una niña prodigio. Pero yo notaba que a Annabeth le pasaba algo. Perdón, ¿he mencionado que Annabeth y yo íbamos juntas a clase?
-...
-Pues sí, y como seguía diciendo yo notaba que algo le ocurría a mi amiga. Yo creía que se debía al reciente casamiento de su padre y a los pesados de sus hermanastros. No obstante, un día mi amiga llegó a mi casa malherida y con la ropa hecha jirones, yo no entendía nada de lo que decía, pero ella no paraba de decir que la perseguían. Estaba muy alterada y de repente puso los ojos en blanco y se desmayó. Mientras que dormía le curé las heridas, le limpié y le cambié la ropa.
Cuando se despertó intentó escaparse, pero yo la paré a tiempo, le dije que no se iría hasta que me contara lo que pasaba. Dijo que la perseguían, que dentro de poco "ellos" sabrían dónde estaba e irían a por ella. También dijo que se escaparía, que no quería seguir poniendo en peligro a su padre, madrastra y hermanastros y, como buena amiga, yo le guardé el secreto.Y se fue.
Dos meses después me llegó una carta muy extraña que tenía cierta similitud con un pergamino en el que aparecían unas letras sueltas que a primera vista parecían griego antiguo, sin embargo la carta estaba escrita en español. En ella me contaba que había encontrado a dos amigos, un poco mayores que ella, pero que la cuidaban  y la iban a llevar a un lugar seguro.
No supe más de ella hasta hace un par de meses, cuando me volvió a escribir una carta con igual apariencia que la otra en la que me informaba de que había encontrado otro amigo, esta vez de su edad, con el que luchaban contra "ellos".
No pregunte porque yo tampoco sé a qué se refería con "ellos", pero de algo estaba segura, fuese lo que fuese, no era nada bueno.
Líneas más abajo me advertía de que la cuidad de Madrid se preparase, porque esta vez "ellos" vendrían a por todos.
-Omitiré eso último que ha dicho -dijo con prisa, como si  creyese que le estaba tomando el pelo sobre la advertencia de mi amiga-. Antes de que se vaya, me gustaría preguntarle una última cosa.¿Por qué con toda esa información sobre su amiga no ha venido antes a declarar?
-Porque lo veía innecesario, ya que sé que no la van a encontrar. Ella está segura en lugar no apto para mortales.

miércoles, 11 de noviembre de 2015

MI ÍDOLO, POR ANA MARÍN, DE 4º ESO B

Extraída de elrincondelpeque.es
La niña lo estaba observando desde el otro lado del cristal, sentada en un sofá. Esa niña pequeña, con el pelo sobre los hombros de color rubio-castaño, tenía unos ojos claros azules verdosos. Vestía con un vestido gris que le llegaba hasta las rodillas, con unas medias del mismo color y junto con unas manoletinas negras. Esa niña se llamaba Ana y tenía once años, en ese año cumpliría los doce.
Tenía un hermano mayor de catorce años. Castaño con una zona rubia en la parte posterior de la cabeza. Iba a 3º de la ESO y se llamaba Juan. También tenía un padre, ingeniero de telecomunicaciones que trabajaba en una multinacional americana, y una madre, profesora de universidad que trabajaba en una universidad privada.
Aquella madre de pelo largo rubio-castaño, con ojos marrones, ahora tenía el rímel y la raya corrida, ya que tenía los ojos rojos de haber estado llorando un buen rato. A su lado estaba su marido, de pelo corto y oscuro, con unos ojos azules oscuros cristalinos, que la estaba animando y consolando junto a más personas que les rodeaban. Ana no era consciente de lo que le pasaba a su alrededor, ya que entre sus manos tenía un papel y un bolígrafo de color negro. En el que empezó a escribir:

No hace falta que te diga estas palabras, tampoco que diga que esto va dirigido a ti.
Soy consciente de que esto no podrás leerlo jamás.
No sé muy bien por dónde empezar, ya que eres el hombre más fuerte que he conocido. Y no, no exagero, es verdad. Desde los doce años tuviste que empezar a trabajar porque tu padre falleció y tuviste que llevar dinero a casa. Tus hermanos eran más pequeños, así que tu empezaste a ser el hombre de la casa. Después de eso conociste a tu futura esposa, Consuelo. Os casasteis en la iglesia de San Andrés. Después os fuisteis a vivir a casa de la tía Antonia y más tarde, con mucho esfuerzo, conseguisteis una casa en Batán, con una cocina, un salón amplio, dos cuartos de baño y cuatro habitaciones. Tuvisteis cinco hijos: José, Luis, Vicente, Ana María y Jesús. En Madrid centro pusiste nuevas tiendas de ropa, de las que, en el futuro, algún hijo sería responsable (en este caso Vicente). Pasaste por muchos baches, por muchas recaídas, pero siempre te levantabas y sonreías, incluso cuando parecía todo perdido. Por ejemplo, cuando tu mujer falleció, tu mundo se derrumbaba, la conociste desde joven y fue lo que más quisiste. Tu expresión no era la misma, sonreías, pero solo cuando estábamos delante y te dejaste la barba. Todo el mundo sabía que la seguías echando de menos, seguías besando la foto de ella con el vestido de novia de vuestra primera boda, ya que también celebrasteis las de plata y oro.
Recuerdo que siempre que iba a tu casa, me saludabas con un abrazo de esos que te hacen no poder tocar el suelo, ya que me elevabas. Llevabas pantalones oscuros, camiseta clara a rayas o a cuadros finos y un perfume. Tenías el pelo moreno, pero con el paso del tiempo se volvió grisáceo, al igual que la barba y el bigote, antes te la quitabas a menudo, ya que decías que te molestaba o nosotros nos quejábamos porque pinchaba.
Recuerdo las charlas que teníamos, aquellas en las que me hablabas sobre tu infancia, tus hijos y tus anécdotas. Aquellas en las que me preguntabas “¿qué tal?, ¿qué tal tu día?, ¿qué has hecho?” etc.
Siempre tenías algo que decir , algo que contar, algo con que nos arrancabas risas y hacías que todo el mundo estuviese cómodo y se lo pasase bien.
Siempre tenías una sonrisa en la cara.
No sé como terminar esto… todo fue tan rápido, empezaste a ir al hospital y a tomar muchos medicamentos. Mi madre cada fin de semana iba para darte una pomada que necesitabas.
Todo empezó a empeorar cuando, un día mi madre, Juan y yo fuimos a tu casa, al entrar te encontramos tirado en el sofá, con la boca abierta y los ojos cerrados, no respondías, y tuvimos que llamar a la ambulancia. No sabía qué era lo que te pasaba.
Me enteré de que fumabas de joven, después tuviste que dejarlo porque tus pulmones estaban desgastados y para poder respirar, necesitabas un aparato. Con el paso del tiempo ya podías volver a respirar sin el apoyo del aparato. Después de unos años, empezaste a tener un tumor, luego otro tumor, y otro y así hasta tener cuatro tumores malignos en el pulmón derecho y que antes de esto tuviste otros tipos de tumores, en otras partes del cuerpo.
Este es el fin de esta carta de despedida, ya que no tuve esa oportunidad. Lo escribo en cursiva ya que así es como escribías y te lo hago frente a ti, con un cristal de por medio, yo sentada y tu dentro de tu ataúd, con los anillos de boda, tuyo y de consuelo y con la medalla que siempre llevabas contigo.
P.D.: eres una persona muy fuerte, un ejemplo a seguir, mi ejemplo a seguir y te quiero.

lunes, 21 de septiembre de 2015

EL OLOR A TIERRA MOJADA, POR LUCÍA CABALLERO, 4º ESO B

Fotografía de http://elpperfumedelppapel.blogspot.com.es

¿Acaso hay alguien a quien no le guste el olor a tierra mojada? ¿El olor de la lluvia? Ya sabes, ese aroma tan pero tan peculiar que parece impregnar el aire cuando llueve y que tanto me gusta. Aquí está la explicación de por qué me gusta tanto este olor y a quién me recuerda: Ha empezado a llover y el agua empieza a mojar la tierra de los arriates y macetas. Entra por la ventana un olor a tierra mojada que me encanta. Todos sabemos que es el momento, el verano ha llegado a su fin y con él se han ido el sol y el calor; no quedan más atardeceres rosados como el algodón de azúcar, ni baños en el río a la luz de la luna. Pero, a cambio, llega el otoño y con él, las divertidas tardes de cuentos, juegos y risas. Mi abuelo era el protagonista de estas tardes y él sabía que nos encantaban. Mi abuelo era un hombre de estatura media y con el pelo grisáceo. Tenía ojos tristes pero brillantes. Su boca lucía una hilera de perlas, que sus labios finos pero bien marcados, dejaban entrever y que no aparecían desgastados por el paso del tiempo. Lo que más llamaba la atención de su rostro era su nariz, era grande como la de los egipcios, estaba segura de que por ella podía percibir toda clase de olores. Siempre nos hablaba de sus viajes a infinidades de partes del mundo. Le recuerdo como un hombre divertido, optimista y alegre: un buen contador de historias. Mi abuelo era así y muchas más cosas más que quedan guardadas en el tintero de mi mente y que guardo como oro en paño, para deleite de mis noches de insomnio y momentos de recuerdo. A él me recuerdan infinidad de olores y sensaciones, pero en especial, el suave olor a tierra mojada.
Lucía Caballero, 4º ESO B

lunes, 9 de febrero de 2015

LA REINA DE LAS NIEVES, POR EVA MALLO BARRIO, 3º ESO B


Desgraciadamente, fue así. Tras años de una durísima, larga y difícil búsqueda; Ella y Él se encontraron. Allí estaba Él solo, en medio de aquella habitación de hielo, una habitación fría, luminosa, vacía y sin sentido. Ella fue corriendo hacia él, lo abrazó, lo besó, derramó lágrimas, lo vistió, le entregó todo su amor y su calor, se ofreció plenamente a él intentando descongelar su frío y duro corazón. ¿Y Él que hizo? Él comenzó a moverse, y a desperezarse de aquella larga siesta en el lecho de hielo y nieve, su corazón palpitaba, su piel cobraba a vida, sus mejillas se sonrojaban, respiraba, vivía. Pero él no se acordaba de esta mujer guapa, esbelta, de rasgos delicados, tez pálida, ojos pícaros y  cabellera rubia y larga, no se acordaba de ella, ni de su estrechísima relación de amistad, ni de las rosas, ni de los juegos, ni de la ciudad, ni del amor, ni del color, ni de la risa,  ni del calor. No se acordaba de cómo amar, tampoco recordaba cómo reír, su corazón estaba descongelado pero frío y pesado como un bloque de hielo. No recordaba nada.
Ella lloraba desconsoladamente en su camino de vuelta a la ciudad, volvía con rabia, airada, pues sus esfuerzos habían sido en vano. Maldecía una y otra vez a La Reina de Las Nieves, una y otra vez, una y otra vez. La Reina, mujer astuta, viajó entrelazándose con delicadeza entre los copos de nieve, como solía hacerlo, y sutilmente se fue reencarnando en su persona y se posó justo a la espalda de Gerda, que la maldecía furiosa. La Reina enfadada ante la actitud de Gerda, lanza a la muchacha una mota del espejo del diablo que se introduce en el ojo de Gerda y se incrusta en su corazón. Pero ella, mujer inteligente y con un corazón manso y bueno, con sus manos desnudas sacó la mota del ojo, y con la rabia incontrolada que guardaba y el rencor que la invadía hacia La Reina, desincrustó el fragmento del espejo de su sano corazón. La Reina, atemorizada por su valentía y sus enormes virtudes, pues ella era una mujer vacía y fría como el hielo, huye al palacio con Kay, donde ambos frágiles y débiles cual copo de nieve vivieron toda su vida alejados de la humanidad, el amor y el calor.
Y así acaba esta historia… ¿Pero cómo empieza? Después de este duro final es difícil creer el principio. Pero este cuento es la vida misma. A veces el esfuerzo, el empeño, la dedicación y el amor nos conducen al éxito. Pero otras veces todo ello no da frutos, se infravalora o no se agradece. Pero nunca se pierde: se gana o se aprende. Y dicha la moraleja, así comienza la historia de Kay y Gerda.
En una ciudad muy grande vivían dos niños Kay y Gerda, cualquiera diría que son hermanos. Sus casas estaban unidas por un cajón de madera lleno de rosas, y como no tenían jardín hablaban desde la ventana de daba a la maceta de rosas. Jugaban, contamplaban las flores, imaginaban aventuras y contaban historias. Un día, la abuela les contó la historia de La Reina de las Nieves. La Reina que viajaba en forma de copo de nieve y cuando se posaba en las ventanas poco a poco de iba convirtiendo en aquella mujer blanca y guapísima… Kay desafiante dijo que La Reina nunca se posaría en su ventana.
Aquella noche La Reina de las Nieves se posó en el débil y fino cristal de Kay, rompió el cristal y Kay atemorizado corrió como pudo, pero La Reina le lanzó fragmentos del cristal, que convertidos en trozos del Espejo del diablo se incrustaron en el ojo y en el corazón del niño asustado.
Dese aquel momento Kay comenzó a verlo todo y a sentir de otra manera. Siempre se quejaba, se burlaba de Gerda, no jugaba, veía todo de una forma horrible y cruel, Kay ya no parecía un niño y Gerda se entristecía cada día más con su extraña e inexplicable conducta…
La Reina de las Nieves se lo llevó a su enorme y helado palacio, lo persuadió con su belleza y su dulzura, Kay la obedeció. Llegaron al majestuoso retiro de La Reina, en medio de la más escarpada y nevada montaña de la ciudad. Vivieron mucho tiempo juntos, Kay deambulaba por las congeladas habitaciones del palacio, sin rumbo, solo. Kay lentamente se iba congelando, su corazón cada día más pesado, más frío cada día su piel más blanca, más insensible cada día sus ojos más apagados, mas azules y su alma, casi no existía. Era un ser vacío, sin amor, sin calor, sin alma, sin nada. No era un niño, ni siquiera hombre. Estatua helada.
Gerda al darse cuenta de su repentina desaparición, emprendió su  búsqueda. Fue difícil y muy largo el camino. Preguntó a todo el que se encontraba, a las aves, a los campesinos, a los árboles, a los ríos y arroyos, incluso preguntó al viento que la guiase. Y lo halló. Encontró a Kay…

Eva Mallo Barrio, 3º ESO B

EL SIRENITO, POR CLARA SOBRINO, 3º ESO B

Muy de mañana, se levanta una joven muchacha para ayudar a su padre a limpiar la cubierta y arreglar un boquete que se había formado en el lomo de su barco. Su padre tuvo que ausentarse un rato para coger unos alicates que se le habían olvidado en su casa.
La pobre chica intentó reconstruir aquel enorme agujero como pudo, pero el acto fue en vano. Rendida, se sentó a los pies de la orilla, avergonzada por su fracaso. Cuando alzó la vista minutos más tarde, vio una especie de criatura arreglando el boquete. En silencio, y maravillada con el trabajo de este hermoso ser, se quedó más de una hora observándole.
Cuando este finalizó la tarea, miró a la joven con una gran sonrisa. En el momento en el que sus ojos se encontraron, ambos pudieron sentir que estaban hechos el uno para el otro. Al fin, esta se levantó para agradecerle su ayuda, pero de improviso llegó su padre disculpándose por su tardanza. La chica oyó un chapoteo tras de sí, y sin poder impedirlo vio como aquel ¿hombre? Se marchaba sin dejar rastro. Lo último que vio, fue una larga cola escamada de color azul. “¿Un pez?” se preguntó en su cabeza, pero al recordar la intensidad con la que la había mirado esos ojos verdes, supo que se trataba de algo más hermoso.
Ambos, aunque de distintos mundos, continuaron con su vida cotidiana, pero sin sacarse de la cabeza aquel encuentro tan especial.
Tal fue la inquietud de los dos por verse otra vez, que buscaron por todos los reinos alguien que pudiese convertirlos en lo que no eran. Es decir, en el caso de uno, en un humano, y en el caso de la otra, convertirse en sirena. Pero, el precio que debían pagar por ello era caro. Olvidarían todo lo anterior vivido. Estos, no pusieron reparos ya que tenían la corazonada de que, fuese en el momento que fuese, sus caminos se volverían a cruzar, y recordarían con exactitud a quién correspondía su amor.
El  problema es que, no sabían que el otro estaba sufriendo la misma situación, por lo que, ingenuos e inocentes, firmaron el contrato en el que se comprometían a dejarlo todo atrás para estar unidos.
Lamentablemente, el hechizo funcionó.
Ahora los dos jóvenes vivían en un lugar que no era el suyo, conviviendo con gente de la que nunca habían sabido, dolidos, porque no entendían por qué en ese mundo se sentían tan solos e insignificantes. Sin embargo ella, todas las noches, y sin saber el motivo, nadaba hasta donde antes estaba atracado el barco de su padre; y lloraba.
El hombre en cambio, cuando amanecía, bajaba corriendo al puerto, se sentaba en el viejo muelle, y tocaba la armónica; una dulce canción junto al lugar donde un día, había arreglado un humilde barco. Pero todo eso, era cosa de un pasado olvidado.
En efecto, si la sirenita se hubiese retrasado alguna noche y el hombre hubiese tenido la necesidad de ir a puerto cuando la luna lucía en el cielo oscuro, innecesario hubiese sido todo lo que se les avecinaba después.
Pero, no se equivocaron al tener aquella corazonada, ni al saber que sus caminos se volverían a cruzar antes o después.
Creo que es bastante obvio de adivinar que este cuento, en efecto, tiene una segunda parte y por lo tanto un final feliz. ¿Ya sabéis cómo acaba, no?
El caso: el amor puede vencer cualquier adversidad sin importar las circunstancias a las que se enfrente.
Clara Sobrino Hernández, 3º ESO B